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05/06/2007

¿MILAGRO?

La Señora Ana era la mujer más elegante que había en la residencia, y eso se nota. La elegancía no se compra ni se vende. Ella a pesar de no decir palabra, de necesitar nuestra ayuda para cada actividad de su vida, era elegante y ya está. Tenía mirada de mujer fatal, de soltera convencida y vivida. Su sonrisa era infantil y enigmática al mismo tiempo. Si, no lo puedo negar, era mi favorita sin duda. Cada mañana intentaba hacer mis tareas de primera hora lo más rápido posible para poder ir al comedor de asistidos a darle el desayuno. Era el momento del día.

Desde fuera la planta de asistidos puede parecer un lugar horrible y lúgubre, pero sólo es apariencia, porque la realidad es que es un mundo aparte, un lugar mágico a veces, subrealista otras y emocionante. Un reducto amable en este mundo que te atrapa como un refugio. El tiempo se detiene y sólo importan ellos y tu, esos momentos que guardas como un tesoro en tu memoria. Ese día en el que Rosario está contenta y tararea canciones de los años 20 sin parar con esa voz lírica mientras se toca su collar de perlas. Ese día en que Encarna te come a besos sin parar y te sigue mientras vas curando a unos y a otros.

O ese día, aquel que guardo con más cariño. Era una tarde de verano tan calurosa que no podiamos salir a la terraza con ellas. Estabamos en el salón colocandolas en sus sillones. La Señora Ana era incapaz de mantener la verticalidad sin ayuda de las sujecciones, sin que eso mermara su porte ni un poquito. Pero aquella tarde se sujetaba mejor y decidimos colocarla suelta. Comenzó a balancearse adelante y atrás, adelante y atrás tan levemente que no nos dimos cuenta hasta que el estrepito evidenció el desastre. Cayó de bruces produciendo un estrépido tal que pensamos lo peor. Corrimos hacía ella rezando para que no fuera grave. Cuando la escuchamos, con la cara aun en el suelo, la escuchamos. No hablaba y la escuchamos diciendo "que trompazo dios mio, que trompazo". La levantamos sin dar crédito mirando como se sujetaba la nariz, ella que apenas movía las manos y hablaba, no paraba de hablar, que vaya golpe más tonto, que no se nos ocurriera llamar a su sobrina que se iba a disgustar. Y no nosotras allí comprobando que no se había roto nada, curandole la nariz e intentando no descolocar lo que fuera que se había colocado. Al día siguiente la descubrí robando el Hola furtivamente y leyendo los cotilleos de la flor y nada de nuestra sociedad. Y así conocimos un poco más a la Señora Ana, la más elegante de mi residencia, la mujer de mirada fatal.

Milagro, quien sabe.

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05/06/2007 14:08 Autor: Noemi Benito. Enlace permanente. Tema: Recuerdos No hay comentarios. Comentar.

29/05/2007

MI PRIMER DÍA

20070702140357-modificados-tulipanes.jpg

En esta vida ante todo hay que ser valiente. Pues bien, para mi este es un acto de valentía, de desnudamiento. Estoy feliz porque lo he conseguido, he abierto mi blog.

Hace muchos años, cuando mi perspectiva del mundo hacia que aun dibujara a las personas con piernas enormes y cabezas chiquititas, sucedió algo muy curioso. Llegue al estudio de mi abuelo, un lugar mágico, que olía a óleos y aguarras, lleno de caos artístico y genialidad. Alli había un cuarto donde él guardaba los cuadros que ya estaban terminados y no se debía entrar, pero como corresponde a la osadía de un niño yo entré y lo vi por primera vez. A mis cinco años aquel cuadro que me superaba en altura me pareció el infinito, un bosque gris lleno de tulipanes blancos. No podía dejar de mirarlo y de sentir frío. Cuando mi abuelo me descubrió inmóvil frente a su obra no me regañó, sino que por alguna extraña razón se sintió halagado. Ese cuadro no se vendió, nunca. Lo pedí mil y una veces pero era demasiado pequeña al principio y demasiado joven después para tenerlo. Más tarde me regaló otros lienzos pero nunca los tulipanes. Hace cuatro años me reencontré con el cuadro, una de mis tías, la pequeña lo había pedido como regalo de bodas. Lo que yo no sabía era que ella también lo había perseguido, rezando en cada exposición para que no se vendiera. Sin duda me ganaba por antigüedad y acepté la derrota.

Cuando lo vi colgado en su salón me sentí triste porque lo había perdido después de veinte años.

El día siete de agosto de 2006 mi abuela me llamó porque quería darme el regalo de cumpleaños. Me había guardado unos pendientes de perlas, como de muñeca, unos pendientes suyos que me encantaron. Me los puse enseguida y le agradecí mucho. Ella no esperaba aquella reacción tan efusiva y me paró rápido,  "no, no hija, ese no es tu regalo de verdad". En ese momento, con dificultad mi abuelo salió de su estudio, que la edad le obliga a tener en casa, con un paquete enorme, casi igual de alto que yo. Lo abrí sin saber lo que contenía, un paisaje, una imagen abstracta. Y de pronto lo vi, después de veinte años de espera. Era igual pero distinto, me había vuelto a pintar mis tulipanes que ya no eran blancos sino violetas y que no se suspendían en un bosque gris sino verde. Debo reconocer que lloré y que me pareció más bonito que el original porque esté era para mí, pensado en mi, en mis colores.

Mi abuelo, tan frío a veces, tan lejano, me regaló aquel acto de amor en mi vigesimoquinto cumpleaños.

Creo que si hoy escribo es en parte gracias a él, a su arte y a su valentía.

29/05/2007 18:18 Autor: Noemi Benito. Enlace permanente. Tema: Recuerdos Hay 4 comentarios.


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