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¿MILAGRO?

La Señora Ana era la mujer más elegante que había en la residencia, y eso se nota. La elegancía no se compra ni se vende. Ella a pesar de no decir palabra, de necesitar nuestra ayuda para cada actividad de su vida, era elegante y ya está. Tenía mirada de mujer fatal, de soltera convencida y vivida. Su sonrisa era infantil y enigmática al mismo tiempo. Si, no lo puedo negar, era mi favorita sin duda. Cada mañana intentaba hacer mis tareas de primera hora lo más rápido posible para poder ir al comedor de asistidos a darle el desayuno. Era el momento del día.

Desde fuera la planta de asistidos puede parecer un lugar horrible y lúgubre, pero sólo es apariencia, porque la realidad es que es un mundo aparte, un lugar mágico a veces, subrealista otras y emocionante. Un reducto amable en este mundo que te atrapa como un refugio. El tiempo se detiene y sólo importan ellos y tu, esos momentos que guardas como un tesoro en tu memoria. Ese día en el que Rosario está contenta y tararea canciones de los años 20 sin parar con esa voz lírica mientras se toca su collar de perlas. Ese día en que Encarna te come a besos sin parar y te sigue mientras vas curando a unos y a otros.

O ese día, aquel que guardo con más cariño. Era una tarde de verano tan calurosa que no podiamos salir a la terraza con ellas. Estabamos en el salón colocandolas en sus sillones. La Señora Ana era incapaz de mantener la verticalidad sin ayuda de las sujecciones, sin que eso mermara su porte ni un poquito. Pero aquella tarde se sujetaba mejor y decidimos colocarla suelta. Comenzó a balancearse adelante y atrás, adelante y atrás tan levemente que no nos dimos cuenta hasta que el estrepito evidenció el desastre. Cayó de bruces produciendo un estrépido tal que pensamos lo peor. Corrimos hacía ella rezando para que no fuera grave. Cuando la escuchamos, con la cara aun en el suelo, la escuchamos. No hablaba y la escuchamos diciendo "que trompazo dios mio, que trompazo". La levantamos sin dar crédito mirando como se sujetaba la nariz, ella que apenas movía las manos y hablaba, no paraba de hablar, que vaya golpe más tonto, que no se nos ocurriera llamar a su sobrina que se iba a disgustar. Y no nosotras allí comprobando que no se había roto nada, curandole la nariz e intentando no descolocar lo que fuera que se había colocado. Al día siguiente la descubrí robando el Hola furtivamente y leyendo los cotilleos de la flor y nada de nuestra sociedad. Y así conocimos un poco más a la Señora Ana, la más elegante de mi residencia, la mujer de mirada fatal.

Milagro, quien sabe.

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